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La Molina, 03 de julio del 2008
Todos los días amando
En el corazón de la misión del maestro está el amor o no lo será por mucho tiempo. El profesor está en el oficio de darse a sí mismo todos los días. La aparente rutina diaria esconde la realidad de una experiencia que se renueva siempre por que cada uno de sus alumnos llega siempre con su vida nueva, con sus alegrías y pesares, ilusiones y temores. Por su naturaleza, además, sus chicos están en pleno crecimiento, cambiando la piel de sus personalidades, intentando entenderse y crecer. ¿Cómo permanecer indiferente ante esas vidas en plena transformación?, ¿cómo refugiarse en el gris de la rutina?, ¿cómo huir de de aquello constituye precisamente el raro privilegio del maestro de asistir en primera fila a la creación de una existencia?
La demanda fundamental de la tarea del docente consiste precisamente en este vivir abierto a sí mismo para poder estar abierto a los demás. La misión del maestro no es “enseñar”. Enseña-muestra el ambulante su mercadería para la venta del día, pero la tarea del maestro es orientar inteligencias y más aún corazones en la búsqueda de la verdad y del bien. La rutina de las lecciones diarias es tan solo la materia prima del artesano capaz de mostrar el esplendor de la verdad a mentes y corazones nuevos, alentarles en el caminar, despertar su gusto por el conocimiento y la pasión por la belleza. Solo las aguas tranquilas y limpias son capaces de reflejar la luz y el calor del Sol.
Educa verdaderamente quien mantiene terso el propio corazón, sensible al reclamo existencial, a la búsqueda siempre complicada y poco comprendida de las almas jóvenes que no saben lo que quieren y vagan como ovejas sin pastor. El maestro es ante todo servidor del bien y la verdad. Todo maestro. El de los niños tiernos y de los jóvenes enhiestos. Allí, atento al misterio del corazón de cada uno les muestra el camino del amor generoso, de la libertad que no se desentiende sino que se compromete. De la libertad que acoge el don de la vida pero que sabe que únicamente crece si se entrega. Libertad que sabe que solo si se abraza a la Cruz da fruto y si se salva a sí misma queda infecunda.
En un mudo egoísta la libertad se ahoga en el encierro de la desconfianza y el temor. La libertad de acoger al otro y de sufrir con y para el otro es libertad que plenifica.
La otra gran caridad del maestro es, como dice el Papa, la “caridad intelectual”. No hay amor sin verdad. Solo quien vive en la verdad ama. La verdad sobre Dios, sobre nosotros mismos y acerca de los demás, del tiempo y de la historia. Ante la fragmentación y los relativismos del tiempo presente, el educador deber aportarlo todo tercamente por la verdad. Cuando nos apartamos de ella renunciamos también al sentido de la vida. Cuando la acogemos nos hacemos capaces de entender el sentido de la vida y de las cosas.
Así sé, entonces quién soy y en quién puedo esperar, y desde esa certeza se harán capacces de contruir mundo que sea esperanza para todos
Atentamente,
Carmen Ibarra
Directora
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